No me senté. Me caí. Y entendí muchas cosas.
La primera vez que salté en parapente, me dieron una sola instrucción:
“Pase lo que pase, bajo ningún concepto te sientes. Si te sientas, nos vamos al suelo.”
Asentí. Lo entendí. Lo grabé en la cabeza.
Pero no pude practicar antes. No hubo ensayo. No había margen.
Era mi primera vez. Y como tantas primeras veces en la vida, no se ensayan. Solo se viven.
Empezamos a correr y… No me senté. Me caí. Y acabé en el suelo, arrastrada.
Por suerte, no iba sola.
El instructor supo reaccionar. Me sujetó y conseguimos despegar.
Y ahí, en el aire, lo entendí todo:
Hay decisiones que no puedes ensayar.
Lo único que puedes elegir es con quién las tomas.
Esto mismo lo veo cada día como abogada: personas que firman sin preguntar. Que aceptan condiciones sin entenderlas. Que actúan con miedo, intuición o prisa… y se estrellan.
Y sí, es verdad: no siempre hace falta un abogado.
Hay decisiones claras. Casos sencillos. Momentos en los que uno lo tiene todo bajo control.
Y si se equivoca… se equivoca solo. Punto.
Pero hay otras veces —muchas más de las que creemos— en las que no deberías estar solo.
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